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Extrapolítica: Hacia una acción política basada en la Ciencia

A lo largo de la historia, la ciencia nunca ha asumido un rol protagónico en el desarrollo de las principales actividades humanas. Esta siempre se ha mantenido subordinada a otros ámbitos de la compleja realidad humana, como la religión, la política o la economía.

Desde el surgimiento de las primeras sociedades neolíticas hace aproximadamente diez mil años, los mitos, la magia y la religión se han erigido como los hechos determinantes del resto de actividades humanas. Para la producción de alimentos, las diversas civilizaciones contaban con ritos agrícolas y dioses de la fertilidad que otorgaban su beneplácito a cambio de sacrificios y rituales místicos. Lo mismo ocurría al hacer la guerra: esta se realizaba, en gran medida, por razones religiosas. Asimismo, las sociedades estaban divididas en estamentos y clases jerarquizadas por designio divino: a algunos les tocaba cultivar, a otros rezar y a otros combatir.

Vemos como la economía, la política y la sociedad servían como medio y nunca como un fin en sí mismo en un panorama dirigido por cuestiones religiosas. Este paradigma gobernaría Europa desde el surgimiento de las primeras sociedades agropecuarias hasta finales de la Edad Media. Incluso, en regiones sumamente creyentes, como España, la religión persistirá como el eje determinante de las relaciones humanas hasta el siglo XIX. 

Recién a mediados del siglo XVII, la religión da un paso al margen para que la política y los ideales de Estado se constituyan como los nuevos principios regidores de los Estados incipientes. El hecho inaugural de este nuevo paradigma fue la alianza promovida por el cardenal Richelieu de la Francia católica con protestantes germanos, con el fin de luchar contra una España y un Sacro Imperio Romano Germánico también católicos, y mantener, de este modo, un cierto equilibrio de poder en la Europa durante la Guerra de los 30 años. A partir de este momento, las alianzas no se verán determinadas por cuestiones religiosas, sino por el manejo de la geopolítica. La religión pasó a un segundo plano.

El último cambio de paradigma se da con la primera revolución industrial. La economía se ha convertido en el principio máximo de los Estados en el mundo. Las ideologías decimonónicas, como el liberalismo y el comunismo, ponen en el centro de su análisis cuestiones económicas por encima de los hechos políticos, sociales o religiosos. Si bien difieren en cuanto al modo, las ideologías del siglo XIX y XX coinciden en que el hecho económico es el más importante. La realidad no se cuestiona: el manejo económico se ha convertido en un fin en sí mismo. La política, la religión y las sociedades se deben adaptar a esta y no al revés.

En el IET, proponemos que, para afrontar los desafíos más acuciantes del siglo XXI, como el cambio climático, la disrupción tecnológica, el aumento de la desigualdad global y la Cuarta Revolución Industrial, es necesario cambiar el paradigma economicista de inicios del siglo XIX por uno nuevo que anteponga el desarrollo científico como el eje determinante de la acción de los Estados. Creemos que del mismo modo que la religión y la política dieron paso al surgimiento de nuevos paradigmas; con el propósito de construir una sociedad más justa y Post-Democrática (Democracia Digital), la ciencia debe ocupar el rol protagónico que le ha sido encomendado a la economía doscientos años atrás y que pareciera volcarse una vez más hacia los ideales tribalistas (fundamentalismos y nacionalismos, etc.). Esta es la propuesta de la Extrapolítica: elaborar un nuevo paradigma de acción política científica que afronte los desafíos del siglo XXI que la economía, como fin en sí mismo, no ha sabido combatir.                          

Daniel Laurie

Miembro del IET

 

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